Lo que no se ve después de publicar un libro

Cuando empecé a escribir El día que me quieras, imaginaba que el momento más emocionante sería verlo publicado. Pensaba que ese sería el final del camino. Sin embargo, he descubierto que publicar un libro no es un punto final, sino el comienzo de una etapa completamente distinta.

El lector ve una novela en una librería o en una página web y supone, con razón, que el trabajo ha terminado. Lo que no suele imaginar es todo lo que ocurre antes de que ese libro llegue a sus manos.

Después de escribir la última página llegaron las correcciones, las dudas, las revisiones y una pregunta que parece sencilla, pero que no lo es: ¿cómo debe ser la portada? Una portada no es solo una imagen bonita. Es la primera impresión que recibe el lector y, en cierto modo, una promesa de lo que encontrará en el interior.

Cuando por fin creí que todo estaba listo, aparecieron cuestiones de las que nunca había oído hablar: resolución de imágenes, tamaños de impresión, formatos, ISBN, eBooks que no se vinculaban con la edición impresa, pequeños detalles técnicos que, para quien publica por primera vez, parecen un idioma completamente nuevo.

Hubo momentos de incertidumbre. También de impaciencia. Después de tantos meses escribiendo, pensaba que lo único que quedaba era pulsar un botón y esperar a que el libro apareciera en Amazon. La realidad resultó ser bastante diferente.

Y, sin embargo, ahora que todo ha terminado, comprendo que cada uno de esos pequeños obstáculos también formaba parte del viaje.

Porque publicar un libro no consiste únicamente en escribir una historia. Consiste en acompañarla hasta el momento en que deja de pertenecerte por completo y empieza a formar parte de la vida de otras personas.

Ese instante tiene algo de alegría y algo de vértigo.

Alegría, porque el libro ya existe y puede encontrar a sus lectores.

Vértigo, porque a partir de ese momento cada lector hará su propia lectura, descubrirá sus propios personajes y encontrará significados que quizá el autor nunca imaginó.

Es una sensación difícil de explicar.

Tal vez por eso, cuando alguien me pregunta si ya he terminado, mi respuesta es siempre la misma.

Sí.

Y no.

He terminado de escribir esta novela.

Pero el verdadero viaje de un libro comienza precisamente cuando el escritor deja de tenerlo entre las manos y lo entrega a quienes decidirán hacerlo suyo.

Quizá eso sea, al fin y al cabo, publicar.

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